La malvada hipotenusa capturó a Pi.
Comenzó por tacharle el número tres. Seguidamente fue el uno quien caía, siguiéndoles el 4, el 15...
Conforme ambos catetos crecían proporcionalmente, iba partiendo decimales.
Los catetos crecían y crecían, pero a Pi parecía no acabársele nunca las fuerzas.
El triángulo aumentaba su tamaño. Se jactaba de ello. Mientras, Pi agonizaba.
Apenas queda nada ya de Pi a escasos metros del infinito.
Sus caminos se cruzaron separándose por el difuso horizonte.
Decíos na más que ni he ganado ni me he quedado finalista ni na de ná. Vamos, lo normal.